Se hablaba mucho antaño de las fuerzas vivas. En las ciudades debió de ser algo complejo, pero en los pueblos no. En los pueblos, las fuerzas vivas eran el alcalde, el cura, el maestro y el médico. Ni uno más, aunque a veces alguno menos, si el maestro o el médico, por ejemplo, no eran lo bastante “afectos” al régimen aquel del partido único, llamado en plan de guasa “Movimiento”, pese a que no dejaba mover ni al más pintado. Aquellas fuerzas vivas ya no existen ni pueden existir. No queda cura en casi ningún pueblo, menos aún maestro y ni te digo médico. En cuanto al alcalde, con esto de la democracia “inorgánica”, oye, nunca se sabe por donde te puede salir. Eso en los pueblos pequeñitos, como digo. En las ciudades, en cambio, sí que continúan existiendo esas fuerzas vivas. Al menos eso sostiene un buen amigo.
-¿O qué te crees? ¿Qué todos estos desmanes urbanísticos, estos crecimientos desaforados de las ciudades, esta forma de invertir más y más millones en obras cada vez más faraónicas, es una petición del pueblo al que atiende solícito y humilde el gobernante democrático?
-Eeeee… Bueno… Es que lo presentas de unas formas, que…
-Tu quédate con el concepto, a ver si vas espabilando, porque te noto algo espeso últimamente. Las fuerzas vivas de estos tiempos se diferencian de las de los otros en que ahora han pasado a la clandestinidad, no se ven, se fingen invisibles. Pero están ahí, amigo mío, y son las que deciden. Como siempre. ¿De qué si no esta misma Salamanca, cada vez más desquiciada e irreconocible?
Doy un resoplido. Y le digo que eso es paranoia. Además, lo mío siempre fueron las fuerzas vivas de los pueblos. Las de las ciudades son de nota y para expertos. Es más cómodo quedarte, como hacemos todos, con que la culpa es de los políticos. ¿O no?
(La Palabra de Salamanca, 29 de abril de 2007)