Recobra vida de pronto la antigua judería de Segovia con escenificaciones de una novela situada en sus tiempos de esplendor.
Los sorianos de Garray se visten de celtíberos y romanos para devolver vida a la mítica y valerosa Numancia.
En la misma provincia soriana, moros y cristianas vuelven enfrentarse como hace siglos en la fiesta denominada de la Soldadesca.
La localidad abulense de Solosancho retrocede hasta la Edad del Hierro para contemplar a los aguerridos vetones celebrando su victoria sobre los vacceos, en el impresionante marco del castro de Ulaca.
En la villa segoviana de Cuellar, se celebra Feria Medieval Mudéjar.
La ruta teatralizada de la Diputación de Palencia va representando por los pueblos leyendas y costumbres, como ‘La venganza del Conde’.
Todo los fines de semana resucitan en Zamora, con “Medievalia”, los fantasmas del Cerco, tal y como quedaron fijados en el fantasioso Romancero.
Todo eso es de este último fin de semana. Y constituye, lo sé, una pequeña muestra del total. Hubo, seguro, muchísimas más celebraciones de tinte histórico por los pueblos y ciudades de la Comunidad. Por no mentar el sin fin de los ya un tanto cansinos Mercados Medievales o Romanos o Griegos o Renacentistas. ¿Y por qué? ¿Por qué esta mirada constante y cada vez más frecuente hacia atrás, hacia la propia historia, hacia un pasado que tenemos por mejor o más esplendoroso, más pujante y lleno de significado?
La respuesta acaso esté contenida en la pregunta, en esta última en particular. Muchas ciudades de Castilla y León, casi todos los pueblos, se sienten mejor mirando hacia el pasado que oteando un futuro en verdad incierto. Nos sentimos más cómodos en compañía, siquiera imaginaria, de los antepasados que en la de los contemporáneos de este presente confuso, difícil de descifrar. Vamos anclando, en fin, nuestras fiestas en el pasado, porque nos resulta imposible ligarlas al futuro y tampoco acabamos de entender las claves del presente.
Eso es lo que le pasa a esta Comunidad y lo que explica que el pasado se adueñe cada vez más de las fiestas de verano, con esta sucesión de bellas añoranzas de estío que van extendiéndose por cualquier lugar. Lo cual, por supuesto, en si mismo está muy bien y es de lo mejor que podemos celebrar. Mas no conviene obviar lo que, en términos de autoestima colectiva, late por debajo. Creo yo.