Cada vez que paso junto a un contenedor de basura lo miro de reojo, preguntándome qué tendrá para atraer de tal modo las iras de los adolescentes borrachos. No es que sea la única diana de esos que se han dado en llamar vándalos juveniles, pero es la que se lleva la palma de esta otra “kale borroca” de la que se habla menos, quizá porque está por todas partes y porque afecta, ay, a los nuestros. ¿Qué les pasa a nuestros chicos? ¿Por qué arremeten con tanta furia acumulada, en cuanto se pasan de copas u otras cosas, contra contenedores, asientos, papeleras, vallas y lo que hallen a su paso? Porque la causa, ojo, no es el alcohol sin más, como tantas veces dicen o decimos. El alcohol es solo un potente desinhibidor: hace aflorar lo que estaba latente, reprimido, pero con ganas de salir a la superficie.
Los adolescentes, los jóvenes son los grandes consentidos de la tolerante etapa social que nos ha tocado en suerte. No se les puede imponer el más mínimo castigo. Si lo hacen alguien de fuera, por ejemplo un profesor que quiere disciplina, los padres se opondrán con fiereza: nadie toca un pelo a mi hijo, es frase nada desusada como cualquiera sabe. Pero es que si es el propio padre quien pretende, desde dentro, aplicar un correctivo a su vástago, habrá de andar con pies de plomo: en cuanto se pase, en cuanto roce al “niño”, en cuanto pueda hacer algo que lo “traumatice”, entrarán en escena todo tipo de mecanismos protectores de tipo legal o social. Resultado práctico: hasta los dieciocho años los niños, adolescentes y jóvenes son virtualmente intocables, dentro y fuera de su casa, hagan lo que hagan.
Retrocedan ahora mentalmente a sus años mozos. Piensen en ustedes mismos cuando atravesaron las turbulencias de los doce, los catorce, los dieciséis años. Imaginénse que, al contrario que entonces, nadie, ni sus padres, les hubiese aplicado nunca el más mínimo correctivo. Imagínense en aulas de disciplina laxa. Imagínense con dinero suficiente para salir los fines de semana e incluso emborracharse. Imaginen eso una y otra vez. Y quizá deje de parecerles tan extraño que bandas de adolescentes borrachos salgan cada fin de semana en pandilla -no en Zamora: en todas las ciudades, ya incluso en algunos pueblos-, se emborrachen y arremetan divertidos contra cuanto hallan a su paso, seguros como están de que no podrá pasarles nada, puesto que está prohibido que les pase algo, tanto dentro como fuera de su casa.
Pues eso es lo que hay: chavales consentidos llamando la atención para que no se les consienta tanto.
Los consentidos
Septiembre 9, 2007 de Braulio Llamero