El joven Patino ya es doctor. ¡Hala! Para que algunas madres sigan diciendo:
-Hijo, tú no te metas en el mundo del cine, que por ahí nunca llegarás a nada.
Pobres mamás, siempre protectoras y sin asumir que hagan los hijos lo que hagan, nunca llegarán a nada, porque ese es el sino del ser humano, sobre todo si se someten al espejismo del triunfo “matriarcal”. Para triunfos, el del doctor Martín Patino. Siempre yendo a contrapié, concibiendo el cine como arte cuando nadie se atrevía ni a soñarlo, creando contra el dictador cuando esto era su finca, creando contra el mercado ahora que todos estamos sometidos a ese dios, creando contra Salamanca cuando Salamanca se merecía que crearan contra ella… Bueno, esto último acaso sea una licencia mía. No sé. Tengo entendido y deduzco de sus películas que la relación de Basilio Martín Patino con Salamanca ha sido de amor-odio, de pasiones encontradas, de fascinación y repulsión a un tiempo o según épocas. Por eso es tan gozoso y oportuno que la Universidad de Salamanca haya decidido incluirlo entre sus doctores “honoris causa”. Así, la balanza siempre algo indecisa se inclinará hacia la parte amable –estoy es, digna de ser amada- de su ciudad, tan odiosa en otras circunstancias e incluso hoy entre algunas de sus más cerradas tribus.
No se puede permitir ciudad alguna no amarrar por el lado de los afectos a tipos del calibre de Martín Patino, eternamente joven por eterna e insobornablemente creador. Dicen algunos que algo tarde ha llegado este homenaje al de Lumbrales. No estoy muy de acuerdo. Podía, sí, haberse hecho antes con idénticos merecimientos. Pero nunca es tarde si la dicha es buena. Y la dicha -me parece que en eso no voy a hallar oposición- es buena y total. Ahí como lo ven, delgado, sonriente, ojeroso, pensativo, fingiéndose uno más, don Basilio es un genio. De los dos o tres que surgen por generación. Los genios, eso sí, suelen resultar incómodos, al sentirnos los demás demasiado pequeños ante el despliegue inevitable de sus talentos. Y no siempre sabemos qué hacer con ellos. Por eso Martín Patino, pese a su sobredosis de talento cinematográfico, ha trabajado a trancas y barrancas, tan irregularmente: no encajaba. Como no encajó Orson Welles. Y tantos otros… genios. La propia Salamanca no siempre ha sabido qué hacer con él. Pero las nieblas se han ido levantando. Se le encargó la bellísima –y despiadada- “Octavia” cuando la capitalidad cultural, se le otorgó la medalla de oro de la ciudad… Y ahora la Universidad lo hace doctor.
Bien está. Y bien que nos alegramos, más por Salamanca y su Universidad, que por el “sobrado” y joven doctor Martín Patino.
Doctor Patino
Noviembre 29, 2007 de Braulio Llamero